El maestro José
Benítez nació en 1938 en Santa Gertrudis, comunidad de Wautia, San
Sebastián Teponahuaxtlán, municipio de Mezquitic, Jalisco. A los tres
años de edad su familia emigró a Nayarit donde vivió con la comunidad de
Zitakwa.
Guiado
por su abuelo y su padrastro se inició en el conocimiento de los
antepasados. Se hizo chamán (mara'arakame) cuando era niño y se le dio
el nombre de Yucaye Kukame, que significa caminante silencioso.
Fue
gran exponente de la cultura wixaritari, por lo que fue galardonado por
el gobierno federal con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el
campo de Artes y Tradiciones Populares, en 2003, por su obra artística.
En
marzo de 2008, cuando cumplió 70 años, estuvo presente en Comala y
compartió su obra en una exposición Pasos del caminante silencioso
dentro del Cuarto Festival Mítica Comala (Ecos de la Costa 14/03/08).
Gracias a que fue protector y amigo de la comalteca Patricia Valencia,
logramos conocer al que transportaba sus rezos a hilos y estambres
llenos de color. Sus obras ahora son como amuletos protectores por
siglos, pues cada una de ellas tienen un significado especial.
En
aquella ocasión estuve junto a él escuchando el pregón y significado de
sus obras textiles que llamaba pinturas. Me llevó a otra realidad.
Previamente realizó unas ofrendas acompañados de cantos chamánicos ante
nuestra mirada incrédula pues se brincó todos los protocolos de la
autoridad municipal y estatal. Una por una fue platicando la magia
contenida en cada tabla cubierta de cera de abeja, sobre las que con
estambres acrílicos de brillantes colores, lograba hacer visible lo
invisible para los simples mortales.
Logró
abrir una ventana que me permitió asomarme a traducir sus “visiones de
los seres sobrenaturales que pueden ser vistos directamente”, decía. “No
podríamos contar la historia de nuestros ancestros ni en cinco años,
porque es algo muy profundo” explicaba frente a sus obras.
Tal
vez don José, veía su tiempo de vida porque la gran cantidad de obras
que presentó, estaban entonados en morados, violetas y azules con
algunos toques verdes y estos, son colores de transición.
De
estatura mediana y tez morena curtida por el sol, portaba
orgullosamente su traje huichol de manta bordada, que resaltaba por el
contraste de colores, verde claro con el rosa magenta, se enlazaban el
verde limón, naranja y amarillo, todos los colores fosforescentes
“representaban la flor de peyote que veían a los bisabuelos”, dijo Cruzado
tenía un morralito color violeta y su cinturón tejido que le rodeaba la
cintura. Usaba pulseras de chaquira, un sombrero del que colgaban
pequeñas tiras con figuras geométricas elaboradas también con chaquira y
adornos de plumas de colores.
Rodeando
el cuello llevaba un collar de flores naturales de bugambilia que lo
distinguían y en la mano derecho sostenía unas pequeñas cañitas que
remataban con plumas. Con ellas también nos llevó a recibir la bendición
de los dioses. Ahora llegará en su peregrinar a Real de Catorce en
forma de nube.
Desde
1972 expuso su trabajo en diversos estados de la República Mexicana, su
obra trascendió fronteras pues logró lo que todo artista desea, exponer
en diversos lugares del extranjero como galerías y museos y exhibió en
distintos países del mundo: Estados Unidos, Japón, Canadá y en Europa, entre otros.
Su obra de mayor dimensión, de 20 metros cuadrados, se ubica en la
estación Juárez del tren ligero de la ciudad de Guadalajara. El legado
de don José quedó plasmado en el libro José Benítez y el arte huichol.
La
semilla del mundo, de Gabriel Pacheco Salvador y José Luis Iturroz
Leza, que Conaculta, a través de la Dirección General de Culturas
Populares, en colaboración con la Secretaría de Cultura de Jalisco,
publicó en 2003.
Texto obtenido de la Edición del 1 de Julio 2009 de "ecos de la cosa" por Arte Total - Blanca Garduño
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